domingo, 23 de diciembre de 2012

EL RECORRIDO NAVIDEÑO

El día de Navidad, en un intento fallido de facilitar la digestión de una banquete pantagruélico, mi familia en pleno se levantaba a regañadientes de la sobremesa de los barquillos (las "neules" como llamamos en Cataluña), los turrones, los cafés y los licores y se dirigía al centro de la ciudad para palpar de pleno el ambiente navideño.



Habitualmente cogíamos el metro y bajábamos en la parada de Catalunya; si nos habíamos portado bien a los niños nos compraban un juguete típico de estas fechas: una gallina de plástico dentro de un vaso (de plástico también) del que colgaba un cordelito; junto con esto, nos daban una pieza de un material negro que, cuando se rascaba con el cordelito, imitaba el cacareo de la gallina para desesperación de aquél que se cruzaba con nosotros.



Recuerdo el frío en la cara, las trencas de color azúl marino y verde, el olor del ozono, las luces del árbol de Can Jorba (que a mí me parecían tan maravillosas como las del Rockefeller Center), la gente paseando sin prisas por el Portal del Ángel y los escaparates de la calle Pelayo. No he conseguido averiguar qué grandes almacenes eran, me parece que los del Capitol, que montaban por estas fechas unos escaparates con una especie de dioramas, donde aparecían motivos navideños (creo recordar que con algún autómata) y que provocaban largas colas de espera entre los más pequeños. Me encantaba ir siguiendo la cola de curiosos a lo largo de todos los escaparates del establecimiento para ir descubriendo poco a poco los diferentes decorados que nos ofrecían los aparadores.

Creo que aquel día libraba pero el resto de días podías encontrar allí mismo al pobre paje real. Un paje real que te acogía en sus rodillas mientras los padres y madres te hacían sonreír para pasar a la posteridad en una foto que ahora siempre da un poco de vergüenza por el atuendo, por la situación y por el mismo paje que no sólo tenía que soportar las bajas temperaturas y a miles de niños malcriados, sino también el mal gusto de los que le daban las ropas para disfrazarse. Aún guardo por casa más de una de estas fotos, siempre con los mofletes rojos por el frío, siempre con esa expresión medio tímida y medio incrédula, porque a mí me parecían como de teatro aquellos personajes vestidos de aquella manera tan ridícula.

Ahora que tengo hijos y comparo sus fiestas con las mías siento un poco de tristeza, porque me parece que mis navidades estaban más cargadas de simbolismo familiar, de tradiciones, de situaciones entrañables que después, cuando pasan los años, recuerdas con cariño. Pero seguramente sea falso y en recubrimiento dulce y nostálgico se lo ponemos a posteriori, cuando ya empiezan a faltarnos algunas personas decisivas en nuestra vida y entonces cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no porque lo fuera, sino porque nosotros creemos recordarlo así.

Fuente de imagen 1: http://www.barcelonarutas.com
Fuente de imagen 2: http://www.todocoleccion.net

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